Cuando una persona sale de una clínica o un hospital con una lesión inesperada, una secuela grave o un deterioro que parecía evitable, la familia suele hablar de “mala praxis” casi de inmediato. Esa reacción es humana y muchas veces comprensible. Sin embargo, una reclamación seria no puede quedarse en la percepción de que algo salió mal. Debe traducirse en un caso ordenado, con hechos verificables, documentos completos y una explicación coherente de por qué el daño no corresponde simplemente a la evolución natural de la enfermedad o a un riesgo propio del tratamiento.
Este punto es importante porque en los asuntos de responsabilidad médica el mayor enemigo del paciente no siempre es la falta de razón, sino la falta de estructura. Las familias suelen tener claro el sufrimiento que atravesaron, pero no necesariamente saben cómo presentar los hechos. Y en estos casos no basta con decir que hubo dolor, molestia o inconformidad. Hace falta explicar qué conducta se reprocha, cuándo ocurrió, quién la ejecutó o toleró, y de qué manera esa actuación produjo un daño concreto.
Qué se entiende por mala praxis médica
En términos prácticos, se habla de mala praxis cuando la atención en salud se aparta del deber de cuidado exigible y ese apartamiento genera un perjuicio al paciente. La situación puede presentarse en múltiples escenarios: errores de diagnóstico, demoras injustificadas, medicamentos mal administrados, fallas quirúrgicas, omisiones de control, respuestas tardías frente a signos de alarma, falta de información suficiente o decisiones adoptadas sin el nivel mínimo de diligencia clínica que el caso requería.
Ahora bien, no toda inconformidad con el resultado del tratamiento es mala praxis. Hay enfermedades de evolución rápida, procedimientos con riesgos propios y pacientes con cuadros complejos que pueden terminar mal aun con una atención correcta. La clave está en diferenciar el desenlace desafortunado del acto médicamente reprochable. En Colombia, la Ley 23 de 1981 establece que el médico no debe exponer a su paciente a riesgos injustificados y debe pedir su consentimiento para tratamientos médicos o quirúrgicos que puedan afectarlo, explicando anticipadamente sus consecuencias cuando ello sea posible. Esa regla no resuelve por sí sola todos los casos, pero ofrece un criterio claro: el riesgo aceptable no es el mismo que el riesgo injustificado.
Quién puede responder por el daño
Uno de los errores más frecuentes es creer que solo responde el médico que tuvo contacto directo con el paciente. En la práctica, un caso puede involucrar al cirujano, al anestesiólogo, al equipo de enfermería, al especialista tratante, a quien omitió leer un examen importante o incluso a la institución cuando el daño surge de fallas de organización, comunicación, disponibilidad de recursos o vigilancia clínica.
Esto es especialmente relevante en escenarios complejos, como hospitalizaciones prolongadas, cirugías, atención de urgencias o tratamientos intensivos. Allí el daño puede aparecer por una cadena de omisiones: exámenes que llegaron y nadie revisó, cambios clínicos no reportados, órdenes que no se ejecutaron, retrasos en remisión o fallas de seguimiento. Si el caso se mira solo desde la persona que firmó una orden, se corre el riesgo de dejar por fuera la responsabilidad institucional.
Cómo empezar a reclamar sin debilitar el caso
Una buena reclamación empieza por reconstruir la cronología. Esa tarea parece simple, pero en realidad es decisiva. La familia debe organizar fechas, síntomas, procedimientos, exámenes, medicamentos, profesionales intervinientes, explicaciones dadas por la entidad y evolución posterior del paciente. Cuando esta secuencia no existe, el caso se vuelve emocionalmente fuerte, pero jurídicamente desordenado.
El segundo paso es reunir la documentación. La historia clínica tiene un peso especial porque allí deben quedar consignados los actos médicos y procedimientos realizados, en forma cronológica y comprensible. La Resolución 1995 de 1999 define la historia clínica como un documento privado, obligatorio y sometido a reserva, y exige racionalidad científica en su diligenciamiento para que evidencie de forma lógica, clara y completa el procedimiento seguido, el diagnóstico y el plan de manejo. Por eso, cuando la historia clínica tiene vacíos, correcciones sospechosas, omisiones o contradicciones, el documento mismo puede convertirse en una alerta sobre la calidad de la atención.
Pruebas que hacen la diferencia
En responsabilidad médica no basta con tener razón; hace falta poder demostrarla. Por eso conviene reunir no solo la historia clínica, sino también consentimientos informados, resultados de laboratorio, imágenes, incapacidades, facturas, comunicaciones con la institución y cualquier soporte que muestre cómo cambió la situación del paciente. Las familias a veces se concentran tanto en probar el error que olvidan probar la magnitud del daño, y ambos elementos son importantes.
| Prueba | Utilidad |
|---|---|
| Historia clínica | Muestra decisiones, tiempos y evolución del caso. |
| Consentimiento informado | Permite analizar información previa y riesgos advertidos. |
| Facturas y gastos | Ayudan a cuantificar perjuicios económicos. |
| Incapacidades y terapias | Demuestran secuelas y efectos prolongados. |
La importancia de diferenciar culpa individual y falla institucional
En muchos casos la pregunta correcta no es “qué médico tuvo la culpa”, sino “cómo falló la atención”. El Decreto 780 de 2016 integra componentes del Sistema Obligatorio de Garantía de Calidad orientados a accesibilidad, oportunidad, seguridad, pertinencia y continuidad en la prestación de los servicios de salud. Esto significa que la institución también puede quedar comprometida cuando el daño se explica por problemas de organización o por la ausencia de controles mínimos.
La diferencia no es menor. Si se dirige la reclamación solo contra una persona, se puede perder de vista que la clínica contribuyó al daño por falta de vigilancia, mala coordinación interna o ausencia de protocolos. De ahí que una buena revisión del caso no se limite a señalar un nombre propio, sino a examinar el funcionamiento completo del servicio.
Errores frecuentes al reclamar
Muchas familias cometen el error de dejar pasar semanas o meses antes de solicitar documentos. Otras se quedan solo con capturas de pantalla y conversaciones informales, sin obtener respuestas formales de la entidad. También es común enfocar toda la discusión en el enojo y no en la prueba. Esa reacción es entendible, pero una reclamación bien sustentada exige convertir el sufrimiento en hechos comprobables.
Otro error habitual es asumir que si la clínica tiene seguro el caso está ganado. El seguro puede ser importante, pero no reemplaza la demostración de la falla. La cobertura suele seguir a la responsabilidad; no la crea por sí sola.